INTERNACIONAL
Los reclusos mueren por asfixia y violencia en penales del país.
Nueva masacre en Ecuador: casi 40 muertos en los penales de Guayaquil y Machala
Ecuador vuelve a vivir el horror dentro de sus cárceles. En menos de una semana, dos masacres dejaron casi 40 personas muertas en los penales de Guayaquil y Machala, confirmando el frágil control del gobierno de Daniel Noboa sobre el sistema penitenciario.
El primer motín ocurrió el miércoles pasado en la Penitenciaría del Litoral, donde 12 reos fueron asesinados en un enfrentamiento entre bandas criminales. Días después, el sábado 9 de noviembre, en Machala, 27 internos murieron por asfixia en circunstancias aún no aclaradas. Horas antes, en esa misma cárcel, ya se habían registrado cuatro homicidios y más de 40 heridos.
Aunque el presidente Noboa había asegurado que su administración tenía “control total” de los centros penitenciarios, los hechos recientes muestran lo contrario. En los últimos tres años, más de 600 presos han sido asesinados en motines y ajustes de cuentas, mientras las mafias carcelarias mantienen el dominio interno con la complicidad de autoridades penitenciarias y fuerzas de seguridad.
Ecuador enfrenta desde hace años una crisis estructural en su sistema carcelario, marcada por la superpoblación, la corrupción y el abandono estatal. La violencia se ha convertido en la norma dentro de las prisiones, donde bandas como Los Choneros, Los Lobos y Tiguerones se disputan el control territorial y el tráfico de drogas.
Expertos coinciden en que la falta de inversión, la precariedad del personal penitenciario y la ausencia de una política integral de rehabilitación han convertido las cárceles en epicentros del crimen organizado. Cada motín no solo deja muertos: revela la incapacidad del Estado para ejercer autoridad real dentro de sus propios muros.
Tras la masacre, el presidente Daniel Noboa convocó a su gabinete de seguridad y ordenó el refuerzo militar en los penales de alta peligrosidad, además de anunciar la construcción de nuevas cárceles de máxima seguridad. Sin embargo, organizaciones de derechos humanos advierten que la militarización no resuelve el problema de fondo y puede agudizar las violaciones a los derechos de los reclusos.
El gobierno sostiene que se trata de una “guerra contra el crimen”, pero la violencia penitenciaria ha seguido aumentando incluso con el despliegue de las Fuerzas Armadas. La percepción de inseguridad crece, y con ella, la desconfianza ciudadana hacia las instituciones.
Las cárceles ecuatorianas se han transformado en laboratorios del colapso estatal. Allí confluyen la impunidad, la corrupción y la ausencia de políticas públicas sostenidas. Noboa prometió restablecer el orden con mano dura, pero las cifras desmienten el discurso.
Cuando un Estado pierde el control de sus prisiones, pierde también una parte esencial de su legitimidad. Lo que ocurre tras los muros de Guayaquil y Machala no es solo una crisis penitenciaria: es el reflejo de un país gobernado desde las sombras del crimen organizado.