NACIONAL
Senadores convierten el crimen del edil en una guerra de discursos y culpas.
El asesinato del alcalde de Uruapan desata batalla política en el Senado
Ciudad de México.— El asesinato del alcalde de Uruapan, Carlos Manzo, provocó una tormenta política en el Senado de la República, donde Morena y la oposición convirtieron la sesión ordinaria en un campo de batalla verbal.
Gritos, insultos y descalificaciones marcaron el debate, que comenzó con un mensaje de condena al crimen y terminó en un enfrentamiento ideológico sobre la estrategia de seguridad federal.
Desde la Mesa Directiva se expresó respaldo a la política de seguridad de la presidenta Claudia Sheinbaum, pero el tono cambió cuando PAN y PRI acusaron al gobierno federal de abandonar a Manzo y exigieron la renuncia del gobernador de Michoacán.
En uno de los momentos más tensos, la senadora Lilly Téllez lanzó una dura crítica contra el morenista Gerardo Fernández Noroña, a quien llamó “payaso imbécil”, exigiéndole que también se pronunciara por el asesinato del alcalde y no solo por la situación en Palestina.
Noroña responde y acusa “uso carroñero” del crimen
El senador Gerardo Fernández Noroña replicó desde tribuna acusando a la oposición de hacer un “uso carroñero” del asesinato y aprovechó su intervención para arremeter contra el empresario Ricardo Salinas Pliego, a quien responsabilizó de promover discursos de odio contra el gobierno.
Mientras tanto, el dirigente nacional del PRI, Alejandro Moreno, pidió al Ejecutivo federal aceptar ayuda de Estados Unidos para combatir al crimen organizado, aunque rechazó una intervención militar directa.
Por su parte, el senador emecista Luis Donaldo Colosio Riojas calificó el hecho como un “relato brutal de lo que vive el país”, donde —dijo— “el crimen camina entre la gente, con la tranquilidad de quien sabe que el Estado, si llega, llega después, cuando ya no hay nada que hacer”.
Una tragedia convertida en espectáculo político
Entre acusaciones cruzadas y discursos cargados de ideología, el Senado volvió a mostrar su fractura interna.
Lo que debía ser un espacio de consenso frente a la violencia terminó como un escenario de confrontación mediática, donde la tragedia se convirtió en combustible político.
El episodio revela una crisis moral y de liderazgo: en lugar de construir acuerdos, los partidos explotan el dolor para medir fuerzas y ganar titulares.
La oposición acusa abandono; Morena, oportunismo. Pero en ambos casos falla lo esencial: ofrecer respuestas reales ante la violencia que cobra la vida de alcaldes, periodistas y ciudadanos.
México no necesita discursos incendiarios, necesita instituciones que garanticen seguridad sin convertir cada crimen en botín político.